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viernes, abril 30, 2004

 

Lamento en clave de Fa

Los fluorescentes del vagón decidieron tomarse el día libre, salvo unos cuantos que alumbraban como de costumbre. Un vagón de Metro en penumbra hacía juego a la perfección con sus ojeras, su andar cabizbajo y con las nubes ceniza que le esperaban en la superficie.

El ruido del convoy al avanzar sobre los raíles y el chirrido metálico al friccionar los frenos sobre las ruedas eran lo único que interrumpía el silencio incomodo de miradas de reojo entre los viajeros.

Justo antes de bajarse sostuvo un duelo de miradas con la chica rubia que estaba sentada frente a él. Como siempre, perdió. Las puertas se abrieron y se sumergió en la marea humana que avanzaba hasta las escaleras mecánicas.

Un sonido demasiado amable para ese entorno le sacó de su ensimismamiento. Era leve, apenas perceptible al principio, pero que se iba haciendo más audible según la escalera mecánica devoraba peldaños.

Al llegar al pasillo superior ya se podía distinguir el triste canto del violín. Parecía que la multitud era arrastrada por las notas que el arco desgarraba una a una de las cuatro cuerdas. Pero no era así. La gente pasaba de largo y giraba a la izquierda para llegar a un nuevo tramo de escaleras que les llevara a la superficie. Todos menos él.

Se quedó parado frente al violinista, que ajeno a todo seguía tocando. Leía la partitura que reposaba sobre el destartalado atril con ojos cansados y vacíos, mientras que sus dedos viajaban vertiginosamente sobre el diapasón haciendo breves escalas sobre las cuerdas.

Agónicos lamentos brotaban de la madera, a veces largos y calmos, otras veces breves e intensos, pero siempre al ritmo hipnótico que marcaba el arco.

Y allí parado, sintiendo como el violín le atravesaba el alma estuvo hasta que otro convoy vomitó su cargamento de personas que llenaron de nuevo el pasillo.

Él se dejó arrastrar esta vez por la marea y subió en las escaleras mecánicas. Mientras ascendía y antes de que la voz del violín se apagase, se giró. Tuvo tiempo de una última mirada al violinista antes de que fuera lentamente engullido por el techo del pasillo.

En la superficie, el cielo seguía igual de ceniza.

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