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lunes, mayo 17, 2004

 

Confesiones de mármol

Como muchas veces ocurre, han de ser los ojos los que vean aquello que el corazón no quiere ver


Las claraboyas del techo simulaban dejar paso a luz natural y algunos focos situados en las paredes aportaban una iluminación adicional necesaria para resaltar la belleza de alguna de las piezas. Solo las pisadas de un grupo de visitantes rompían el silencio que era como una obra de arte más del museo.

- Y aquí vemos la última obra que se le atribuye al artista - dijo la guía deteniéndose frente a la estatua de más de dos metros de altura -. Está considerada como un autorretrato y, como en el resto de su obra, utilizó para realizarla un mármol muy similar al de Carrara y las técnicas tradicionales de tallado y pulido del mismo.

El grupo de personas, la mayoría turistas, la contemplaban formando en semicírculo entorno a la magnífica pieza que, aburrida de posar durante siglos, les ignoraba perdiendo su mirada en un horizonte invisible.

- La pieza - continuó en tono robótico - muestra a un guerrero que pisa triunfante con su pierna izquierda el cuerpo decapitado de una enorme serpiente mientras que la espada que sostiene con la mano derecha ensarta su cabeza. Y con esto terminamos la visita - comentó sonriente la guía -. ¿Alguna pregunta?

Una mano se alzó. Un joven de unos quince años, libreta en mano y acné en el rostro se adelantó unos pasos.

- ¿Sí?

- ¿Qué es esa marca que tiene en el pecho? - señalo con el lápiz el agujero que la estatua tenía en el pectoral izquierdo.

- Pues - hizo una pausa para inspirar profundamente - según los historiadores oficiales no hay ningún dato concreto, pero desde siempre se ha contado que, un día, la dama de la que estaba enamorado el artista anunció su compromiso con un noble de la ciudad y a él le encargaron tallar una pieza como regalo de bodas. Cuando se enteró de tal noticia fue en busca de su amada y la encontró besándose con el noble. Regresó a su taller, tomó una maza - señaló la marca en el mármol - y clavó un cincél en el pecho de su estatua. Después desapareció de la ciudad y nunca más se volvió a saber de él hasta que se descubrió su tumba en una pequeña capilla al norte del país.

La guía les condujo hacia la salida a todos, menos a aquel muchacho que absorto se quedó contemplando la cálida frialdad de las formas arrancadas a la piedra. Se acercó a poco más de un metro y elevando su cabeza para mirarle a los ojos le preguntó:

- ¿Es eso cierto?

La pálida roca no contestó, así que el muchacho retrocedió y cuando estaba a punto de retirar la mirada de la figura, ésta respondio. Un pedacito pequeño de mármol cayó del orificio. Lo cogió y supo que la historia era verdad. ¿Por qué?. Porque ese fragmento era de color negro.


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