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martes, mayo 25, 2004

 

Series de Taylor ( 1/3 )

Con la misma puntualidad de siempre franqueó la puerta a las 15:45. Saludó a los dos funcionarios del mostrador y se dirigió hacia la sala de estudio. Solo una persona se le había adelantado y hundía su cabeza en un mar de folios subrayados en chillones colores.

Dejó la carpeta y el estuche en su puesto habitual, ese cuya silla tenía ya la forma de su trasero, y se acercó hasta los estantes para buscar un libro. Allí, en la tercera balda metálica del estante de Ciencias Puras, le esperaban los señores Larson, Hostetler y Edwards. Tomó el pesado libro de cálculo y lo llevó hasta la mesa.

Abrío el libro y buscó la página 669 donde se empezaban a explicar las series de Taylor y Maclaurin. Allí encontro un folio doblado por la mitad que el día anterior había utilizado para no perder la página cuando necesitara cerrar el libro. En ese papel, además de números y tachones, había un poema que ella misma había escrito en uno de sus viajes en Metro, y un poco más abajo, aprovechando un hueco en blanco, había algo escrito en tinta roja, algo escrito en una letra que no era la suya:

El poema es precioso, pero hurente se escribe sin h.

Notó como se ruborizaba y de repente se sintió observada. Levantó la cabeza para mirar la sala, pero no había nadie más que ella y la adolescente de los folios multicolor. Volvió a leer aquella frase y no supo que le daba más vergüenza, si que alguien hubiera leído un poema suyo o la falta de ortografía.

La tarde fue pasando y la biblioteca se fue llenando de estudiantes. Breves momentos antes de que dieran las siete comenzó a recoger sus hojas. Cuando estaba a punto de cerrar el libro se detuvo. Sacó un folio en blanco de la carpeta, lo dobló por la mitad y en él escribió con boligrafo azul:

Gracias.

Y después lo colocó en la página 669 de nuevo.


Una mezcla de miedo y nervios con una pizca de esperanza se hacía fuerte en su estomago cuando al día siguiente se acercaba al estante para recoger el libro. No pudo esperar a llegar a la mesa y allí mismo, de pie frente a los libros de álgebra, de astronomía, de física, de qúimica, buscó el folio. Estaba en la misma página y había algo escrito en tinta roja. Se sentó en la mesa de siempre y leyó lo que había escrito bajo su gracias en azul:

No, gracias a ti. Además de ser preciosa escribes muy bien.

Sus ojos se abrieron y sus pupilas se dilataron como si la claridad dejase de entrar por las ventanas y los fluorescentes absorbieran luz en lugar de emitirla.

Esa tarde poco estudió. No podia sacarse de la cabeza la idea de que había alguien que la conocía, que la observaba. Podía ser cualquiera de los que estaban allí estudiando como ella. Decidió marcharse a casa sin responder a la tinta roja esta vez.

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