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miércoles, mayo 26, 2004

 

Series de Taylor ( 2/3 )

Esta historia está dedicada a Desi. Besos miniña. (porque donde vives aún es día 25... Feliz Cumpleaños)

El fin de semana pasó sin pena ni gloria. El sábado salió a tomar algo con sus amigas pero no volvió muy tarde a casa y el domingo fue al cine con su hermana a ver una de esas películas de las que te arrepientes haber pagado por ellas a los diez minutos del comienzo. El lunes volvió a la biblioteca y al entrar en la sala miró de reojo la estantería. El libro no estaba. Se acercó para cerciorarse pero sus ojos no la habían engañado. Un tanto decepcionada se giró para ocupar su sitio y el corazón casi se le detiene en seco al ver el libro colocado en su sitio habitual. Quieta en mitad del pasillo buscó al culpable de aquello, pero no se puede encontrar nada cuando no se sabe qué se busca. Un par de chicos cuchicheaban en el fondo de la sala mientras compartían unos auriculares. Sus pies la llevaron hasta la silla y su mano la retiro para que pudiera sentarse.

Pasó cinco, quizá diez minutos sentada inmovil, mirando las tapas del voluminoso libro de matemáticas. De repente sus dedos movidos por la curiosidad buscaron el papel donde días atrás la tinta roja le había hecho sentir un escalofrío. Allí, en la página 669, en rojo brillante y en trazo fino se podía leer:

Eché de menos tu mensaje. Hoy te dejé el libro en la mesa para que no olvides escribirme. Por cierto, hoy estabas preciosa.

Cuando se repuso del sobresalto y fue capaz de controlar el temblor de sus manos, sacó su bolígrafo azul y escribió:

¿Quién coño eres? ¿Qué quieres?

Cerró el libro y salió de allí corriendo. Y no paró de correr hasta llegar a su casa.

Al día siguiente no volvió a la biblioteca, ni el miércoles tampoco. El juevés fue acompañada por un chico de su clase. Se conocían desde hace poco, apenas un par de meses, pero se llevaban bien. Se sentaban juntos y compartían ratos de estudio en la facultad y también baños de sol tumbados en el césped. En una de esas sesiones de bronceado le había contado todo sobre los misteriosos mensajes escondidos en el libro de cálculo.

- Mira Alberto, ahí está -susurró con voz temblorosa mientras señalaba el libro.
- Bien. Pues veamos si tienes correo Lucía -dijo mientras se acercaba al estante y tomaba el libro.

Se sentaron en la mesa y ella, con una precisión pasmosa abrió el libro por la página correcta. Y sí, tenía correo:

Siento haberte asustado, no era mi intención. No volveré a molestarte, pero si quieres encontrarme búscame en:
- Infinitas, series,
- Gregory, James


- ¿Y qué quiere decir con eso?
- Bueno, al menos te dejará en paz, así que olvídalo. ¿Te apetece un helado? -propuso Alberto con una sonrisa.
- Sí, ración doble de chocolate.

Después de cenar sacó de su carpeta la hoja donde se alternaban en rojo y azul las frases, y volvió a leer la última intentando descifrar qué quería decir el desconocido. Decidió empezar a indagar sobre el nombre propio, así que encendió su ordenador, se conectó a internet y puso en un buscador ese nombre, Gregory James. La primera entrada a la busqueda no era llamativa, pero la segunda sí. Hablaba de un matemático escocés que tenía ese nombre. Un mensaje que hablaba de un matemático en un libro de matemáticas. Una jaqueca tomó al asalto su cabeza, así que decidió irse a la cama y dejar de pensar.

La mañana llegó temprano. Tórpemente sacó la mano de debajo de la sábana y apagó el despertador. Reunió las fuerzas necesarias para salir de la cómoda horizontalidad y caminar hasta el baño. Abrió el grifo de agua fría y se lavó la cara. Al cerrar ese grifo se abrió otro, pero dentro de su cabeza que amaneció mucho más despejada de lo que se acostó. Corrió a su habitación, se vistio rápidamente y se dirigió a la biblioteca.

No se llevó el libro a su sitio habitual, se sentó en la mesa más proxima al estante donde se encontraba el libro de cálculo. Sacó el folio donde estaban los mensajes cruzados y buscó la primera pista -infinitas series-. Dio la vuelta al libro y buscó en el índice. Allí estaba:

Infinitas, series, 606

Con el pulso acelerado se fue hasta la G donde pacientemente aguardaba el señor Gregory:

Gregory, James (1638-1675), 340, 659

Tomó nota y salió zumbando hacia la facultad.

- ¡Alberto! - gritó al verle andando por un pasillo- ¡Lo he descifrado!.
- ¿Cómo?
- Era muy sencillo. Esta mañana me estaba lavando la cara y de repente, lo supe. Mira -y sacó del bolsillo el papel con sus anotaciones hechas en la biblioteca- Tres grupos de tres dígitos cada uno -exclamó entusiasmada-.
- Sí. ¿Y qué? -contestó Alberto rascándose la cabeza.
- Mira que eres tonto. ¡Es un número de teléfono!.
- ¿Quieres decir que te ha dado su número?
- Eso creo.
- ¿Y vas a llamar?
- No sé -contestó encogiéndose de hombros- Puede.
- Si decides hacerlo, yo estaré a tu lado -dijo tomándola cariñosamente por el brazo.

Eran casi las dos y media y la hierba estaba muy concurrida a esas horas. La gente salía a tumbarse un rato al sol después de comer antes de ir a clase o estudiar a la biblioteca de la facultad. Ellos estaban allí sentados, charlando, y de repente Lucía, muy resuelta, dijo:
- Voy a llamarle.
- Adelante -replicó Alberto.

Marcó los números y pulsó la tecla de llamada. Trancurrieron unos segundos que parecieron siglos, en los que ni las voces de la gente, ni las ramas de los árboles moviéndose bajo la brisa, ni ningún sonido era audible para ella. Solo el latir acelerado de su corazón.

El silencio se rompió de pronto cuando escuchó un timbre de llamada a la vez que por su teléfono escuchaba un tono. Lentamente retiró el aparato de su oreja mientras incrédula miraba a Alberto que sostenía su teléfono en la mano.

- ¿Eres... eres tú? -preguntó Lucía a pesar de que conocía la respuesta.
- Sí -Alberto contestó tímidamente.

Antes de que pudiera reaccionar, ella le soltó una bofetada, cogió su bolso y su carpeta y se marchó dejándole aturdido.

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