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jueves, mayo 27, 2004

 

Series de Taylor ( 3/3 )

Alberto se pasó la tarde llamándola por teléfono, pero siempre recibía la misma respuesta automática e impersonal que le avisaba de que ella tenía el teléfono móvil apagado, aunque lo que en realidad le quería decir la voz es que Lucía no quería saber nada de él. Antes de irse a la cama decidió escribirle un mensaje:

Lo siento.No me atrevia a decirte q me gustas y se me ocurrio lo de los mensajes en el libro.No keria asustarte.Lo siento mucho.

El sábado quiso acompañar el animo triste de Alberto y amaneció lluvioso. Intentó ponerse a estudiar después del desayuno pero en su cabeza solo se repetía la imagen de los ojos incrédulos de Lucía llenándose de lágrimas, y después la bofetada y la huída. Decidió salir a pasear bajo la lluvia esperando que esta arrastrara sus lamentos y los hiciera desaparecer por alguna alcantarilla.

Cuando alguien camina bajo la lluvia sin paraguas y sin que parezca importarle el mojarse, la gente lo mira como si estuviese loco. Eso le pareció a Alberto que, cabizbajo y con las manos en los bolsillos, deambulaba por el parque. Un par de pitidos agudos le sacaron del ensimismamiento. Un mensaje en su teléfono:

Donde jamas quedaria un vampiro. A los pies del Arbutus unedo. A las 7. Lucia

Lo leyó varias veces antes de reaccionar. Dio media vuelta y se encaminó hacia su casa. En el camino de regreso empezó a darle vueltas al acertijo. "Un vampiro jamás quedaría en una iglesia y el latín está relacionado con las iglesias" pensó. Eran las doce y cuarto, estaba empapado y no sabía dónde estaría ella esperándole dentro de unas horas. Quizá una ducha caliente le ayudaría a resolver el enigma.

Con el pelo aún mojado y el albornoz puesto fue al salón y cogió el primer tomo del diccionario enciclopédico. En la ducha se le ocurrió que quizá alli pudiera encontrar alguna respuesta sobre el nombre latino. Y así fue.


Faltaban veinte minutos para las siete y el Metro avanzaba a cámara lenta, o al menos eso le parecía a Alberto. Las estaciones no llegaban nunca y la oscuridad de los túneles le parecía eterna. Miraba nervioso los nombres de cada estación en la que el convoy se detenía y contaba las paradas que le quedaban para llegar a la suya. Pasó Atocha, después Antón Martín y un par de minutos más tarde Tirso de Molina. Cuando el vagón volvió a salir de la oscuridad no tenía duda de que en el andén de esa estación no habría ningún vampiro. Las puertas se abrieron. Había llegado a Sol.

Al salir a la superficie miró el reloj que cada 31 de Diciembre despedía un año y saludaba al siguiente. Faltaban tres minutos para las siete. Esquivando turistas y palomas bajó hacia el Arbutus unedo que según la enciclopedia era el nombre científico del madroño. Allí estaba Lucía jugando nerviosamente con el cordón del mango de su paraguas y con el rostro serio.

- Hola Lucía.
- Al menos llegas puntual -contestó seca mientras el reloj de la Puerta del Sol anunciaba las siete.
- Yo... quiero pedirte perdón. -empezó a decir Alberto con cara de oveja a punto de entrar en el matadero- Nunca pensé que esto saldría así.
- Pues a ver si empiezas a pensar más, porque no sabes el miedo que he pasado estos últimos días.
- No pretendía asustarte -se excusó- pero tampoco me atrevía a decirte directamente que me gustas.
- ¿Por qué?
- Porque no sabía si tú sientes algo parecido.
- Mira que sois imbeciles los hombres -casí grito Lucía mientras movía la cabeza en gesto de negación-. Y como no estás seguro, te montas una peli absurda de espías ¿no? Muy inteligente por tu parte.- Alberto abochornado guardaba silencio.

- Además -continuó en un tono más afable- que mis amigas desaparezcan cada vez que tú te acercas a mí ¿no te da alguna pista? Y tus apuntes. Que te pida tus apuntes, con esa letra de médico que tienes, y más cuando no falto a ninguna clase ¿no te dice nada? Lo hago solo por forzar un encuentro -dijo aguantándose la sonrisa- porque tú también me gustas idiota.

La cara de Alberto paso del rojo vergüenza al blanco sorpresa y sus ojos brillaron como las gotas de lluvia que pendían de la estatua de la Osa y el Madroño. Una sonrisa empezó a aparecer en sus labios.

- Pero no cantes victoria -se apresuró a decir Lucía, lo que provocó que la incipiente sonrisa de Alberto se quedase en eso-. Aún pasarán algunos días antes de que se me pase el enfado que tengo contigo. ¿Y bien? ¿No tienes nada que decir?
- Pues... que de veras lo siento y que a partir de ahora pensaré más.
- No está mal. Pues mira -dijo mientras le daba un par de palmaditas en el mismo lado de la cara que abofeteó el día anterior- puedes empezar por pensar dónde me vas a invitar a un café.
- ¿Y eso servirá para que me perdones?
- Eso te va a costar más de un café, chaval.

Empezó a chispear de nuevo, ella abrió el paraguas y los dos juntos se perdieron entre la multitud en dirección a la calle Mayor.

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Me encanto esta historia, por favor segui escribiendo!!!
Mucha suerte
 
Gracias Clari. :)
Besos
 
Muy bueno!
redactas muy bien!
 
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