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lunes, julio 19, 2004

 

El sexto asalto (1/2)


 

Mientras me esforzaba por mantenerme en pie, pensaba en que si alguien me preguntase qué me dolía, la respuesta más breve y también la más correcta sería: todo. Mi flanco derecho estaba magullado, aunque no tanto como el izquierdo. Alguna costilla estaba fracturada, así que respirar se convertía en un suplicio constante. Los brazos comenzaban a pesarme como si en lugar de guantes llevase pianos, la nariz estaba rota... otra vez, y el derrame en el ojo derecho era tan grande que hacía que el izquierdo pareciera no tener ni un rasguño.

Sonó la campana. El cuarto asalto había terminado.

Tambaleándome alcancé mi rincón, me senté en el taburete y tan pronto como Joe, el asistente que me había puesto la Federación, me quitó el protector de la boca, una arcada me retorció por dentro y vomité en el pequeño cubo metálico que había a mis pies. Por lo poco que mis ojos podían ver, aquello era demasiado rojo para ser bueno. Sin tiempo a recobrar el resuello, la campana sonó de nuevo, el quinto asalto me esperaba.

La gente suele pensar que entre el bullicio, parapetados en la muchedumbre, sus comentarios no los escucha nadie más que la persona que tienen a su lado, y no es cierto. Mientras estaba en el ring, recibiendo un directo seguido de un gancho de derecha, escuchaba perfectamente como alguien gritaba ¡ Mátalo !. Como si no fuera eso exactamente lo que estaba haciendo aquella mole de hueso y fibra.

Cuando acepté la pelea con Moses Kingsley, el Compresor, sabía que era el fin, que de uno u otro modo, todo terminaría. Y así fue, puesto que mi entrenador dijo que él no me acompañaría a mi funeral y que, o renunciaba o lo hacía yo solo. Por eso no está hoy aquí conmigo y, he de reconocerlo, me gustaría tenerle al otro lado de las cuerdas. Pero bueno, al fin y al cabo siempre he estado yo sólo. Sólo contra todos. Sólo contra mí.

Es un error perder la concentración, sobre todo cuando en lo que te debes concentrar es en que no te destrocen a golpes. Contra las cuerdas, encorvado, intentando protegerme con mis brazos en guardia cerrada, le escuchaba resoplar con cada golpe que me daba. Sonó la campana otra vez y el arbitro me separó de esa bestia.

Ni siquiera el asistente pagado por el evento me esperaba ésta vez en mi rincón. Al parecer mi punteria vomitando es tan buena como lanzando golpes, y parte de esa mezcla de sangre, saliva y bilis que expulsé el asalto anterior fue a parar a sus zapatos. No importa, no necesito ayuda ya, nadie me puede ayudar.
 


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