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viernes, julio 16, 2004

 

MX981 (2/2)

 
Al llegar a la zona de pruebas el Capitán Stapp le condujo hasta el aparato donde se llevaban a cabo las pruebas. Montado en unos raíles de ferrocarril de una milla de longitud había un vehículo. Sobre él, un asiento como los que llevaban los aviones de combate y en la parte de atrás unos cohetes encargados de acelerar el vehículo hasta alcanzar velocidades de 200 mph. Al final de la pista unos potentes frenos detenían el vehículo en un corto espacio y se medían las fuerzas G que actuaban sobre un muñeco antropomorfo que iba sentado y sujeto por arneses.

- ¿Sabe que ya lo he probado?
- ¿De veras? -respondió Murphy sorprendido.
- Así es. Más de 30 G he soportado, y sigo vivo. Por eso necesito que las mediciones sean correctas, para demostrar la necesidad de que las aeronaves y los asientos resistan impactos mayores. De lo contrario estaremos matando a nuestros pilotos. Venga, le presentaré a David Hill, es el ingeniero de la Northrop encargado de la telemetría.

Se acercaron hasta el puesto de mando donde Hill estaba dando algunas indcaciones para que sus asistentes preparasen la maquinaria para el próximo test.

- David, le presento al Capitán Edward Murphy.
- Hola Capitán -dijo estrechando su mano-. Creo que tiene algo para mí.
- Así es -replicó Murphy que abrió el maletín para mostrar los sensores a ambos-.
- ¿Alguna indicación especial sobre el montaje que debamos saber? -preguntó el ingeniero.
- No, simplemente hay que conectarlos. Las especificaciones técnicas y los diagramas están en el dossier adjunto, por si se averían.
- Muy bien. En ese caso los montaremos inmediatamente.

Hill llevó el maletín a uno de sus ayudantes que lo instalarían poco después en los arneses del asiento donde Oscar Bolaocho, como habían bautizado al muñeco de pruebas, aguardaba pacientemente a ser torturado.

- Todo preparado Capitán -dijo Hill al capitán Stapp.
- Un momento -replicó desabrochándose la guerrera-. Me corresponde el honor de estrenar los sensores. Que bajen a Oscar.

No era la primera vez que el Capitán probaba la lanzadera, así que el único que presenciaba atónito la escena era el Capitán Murphy.
Se abrochó los arneses y elevó el pulgar. Tras una cuenta atrás de diez segundos los cohetes se encendieron y se llevaron al Capitán con ellos. Una milla más lejos se detuvo violentamente por acción de los frenos.
No sufrió ningún daño físico, pero sí una desilusión. Al regresar le comunicaron que no había sido posible hacer la medida. Los sensores no habían registrado nada.
Cuando se revisó el vehículo y se investigaron las causas del fallo, se descubrió que había sido un error estúpido: los cables de los sensores habían sido conectados al revés. Hill estaba enfurecido y no digamos el Capitán Stepp, que juraba a voces que en cuanto recuperase totalmente el equilibrio, él mismo estrangularía al que puso los sensores.
Sin embargo, el Capitán Edward A. Murphy se echó a reir. Ante esa reacción, Stapp y Hill se giraron en silencio. Y Murphy, tomando los cables del sensor con sus manos dijo: - Si hay alguna posibilidad de que algo salga mal, saldrá mal.
 

Esto podría haber sido lo que ocurrió el día en que nacieron las famosas Leyes de Murphy. Si queréis saber la historia real y completa, podéis ir a la web que me dio la idea y la información necesaria para escribir el texto (está en inglés).
 
Y  aquí está el mismísimo Edward Murphy en su paso por West Point.
 




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