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miércoles, julio 07, 2004

 

Refrescando la memoria

Una pálida luz se filtraba desde el techo e iluminaba la cochambrosa habitación. Sus ojos tardaron un tiempo en ser capaces de enfocar con nitidez, y lo que vieron le sacó de su aturdimiento. Sentado en una silla estaba él.

Volvió a ser consciente de su situación. Se había desmayado otra vez, como consecuencia de los múltiples golpes que había recibido. Le resultaba doloroso respirar, así que debería tener unas cuantas costillas rotas. Sangraba por nariz, boca, un oído y por el gran número de pequeños cortes que él había ido haciéndole con deleite por todo su cuerpo desnudo y en los que posteriormente había introducido sal.

- Buenas tardes -dijo él-. ¿Qué tal la siesta? ¡Ah! Perdona, que no puedes hablar, el calcetín que te metí en la boca y la cinta adhesiva te lo impiden.

Colgado de una viga por ambas manos, hacía tiempo que había dejado de sentir los brazos. Los pies estaban atados al suelo y daban a su cuerpo una forma de X que marcaba el lugar donde él dirigía toda su ira.

- No me recuerdas ¿verdad?

A duras penas consiguió mover la cabeza hacia los lados en un gesto de negación.

- Muy bien, te refrescare la memoria. El diecisiete de Noviembre de 1.989 asaltaste a una mujer rubia. La golpeaste fracturándola dos costillas, más o menos las que debes tener tú ahora mismo rotas. Ella luchó, era una mujer valiente, y te araño los brazos y la cara. Tú la diste una puñalada en un costado. Yo he preferido dividir esa puñalada en muchos cortes pequeñitos, para que sufras más -continuó el relato mientras andaba en círculos en torno a él-. Y no satisfecho con eso, la violaste.

Se detuvo detrás de él, tomó una vieja escoba y con violencia se la introdujo por el ano. En vano fueron sus gritos apagados por el calcetín, así como sus inútiles espasmos e intentos de liberarse.

- ¡Grita, hijo de puta! ¡Grita como debió de gritar ella! -vociferaba en su oreja mietras se deshacía en sollozos.

Continuó sodomizándole hasta que sus brazos estuvieron cansados. Retiró la ensangrentada escoba y se situó frente a él.

- La autopsia reveló múltiples hemorragias y desgarros vaginales, algo parecido a como tienes tú ahora el culo -y justo cuando terminaba de decirle esto, se desmayó.

Abrió los ojos de nuevo, la habitación ahora estaba iluminada por una bombilla que pendía del techo.

- Buenas noches, pedazo de mierda. ¿Sabes ya quien soy? ¿No? Pues te sigo contando la historia -y se sentó en la silla frente a él. La policía te pilló gracias a los rastros biológicos que dejaste en ella. Se celebró el juicio, pero una vez más el sistema nos falló a la gente de bien. Tu abogado consiguió convencer al jurado de que estabas loco, así que cumpliste condena en una institución psiquiátrica que, milagrosamente, te curó -una sonrisa histriónica que haría palidecer al mismísimo Poe invadió su rostro-. Pasaste doce años en ese hotel, y después saliste a la calle.

Se levantó y se colocó a un metro de su cara.

- Y ahora. ¿Nos recuerdas? -le quitó de un tirón la cinta y extrajo el calcetin de su boca-. ¿Nos recuerdas, bastardo?
- Sss.. Sí - replicó de un modo apenas audible.
- Bien, nos recuerdas. Ella se llamaba Mayra, Mayra Shore. Yo soy Alfred Shore -dijo mientras sacaba un revolver de su espalda, lo amartillaba y apuntaba a su frente-. Y tú... Tú vas a morir.

Y apretó el gatillo.






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