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lunes, diciembre 20, 2004

 

Felis catus (1/2)


Esta historia se la debo a Desi. Me concedió el privilegio de inaugurar su página con este texto que ahora subo a mi blog. Así que a ella va dedicado.

El autobús escolar se detuvo en la esquina de Berkland Boulevard con la 74th. Erwin se despidió de sus amigos y descendió. Esperó a que sus dos hermanos bajaran y, una vez que el autobús reemprendió la marcha, les cogió de la mano y cruzó la carretera comprobando que no hubiera peligro, aunque en un barrio marginal como ese, el peligro podía llegar más fácilmente como bala perdida que como coche al cruzar la carretera. Alcanzada la otra acera, Bobby y Tom se soltaron y se retaron en una carrera para ver quién llegaba antes a tocar el timbre de la puerta.

Los dos se detuvieron antes de tiempo, justo en el callejón que había al lado de su casa. Erwin, unos metros más atrás, contempló cómo los dos pequeños se paraban y se adentraban en el callejón. Al llegar allí pudo ver que estaban interesados en algo y, al acercarse, comprobó que acariciaban un gran gato. Era de color negro, casi azulado. El animal ronroneaba y se frotaba contra los pequeños que le acariciaban entusiasmados.

- ¿Se puede saber qué hacéis? -preguntó Erwin en tono enfadado.
- Acariciamos al gato. Mira que bonito es -contestó Bobby.
- Podríamos quedárnoslo -propuso Tom.
- ¿Quedárnoslo? ¿A este sucio gato? -fue la réplica de Erwin.

En el mismo instante en que las palabras terminaban de salir de su boca, el gato giró lentamente la cabeza y miró directamente a Erwin que se quedó helado. Los ojos de aquel gato no eran normales. Él, a sus once años, sabía de sobra cómo debían ser los ojos de un gato. Su pupila debía ser una fina raya vertical de color negro y los ojos deberían ser amarillentos, pero los de este gato no eran así. Eran demasiado redondos... Eran demasiado humanos.

- ¡Vamos! -gritó- Dejad de tocar a ese bicho y entrad en casa o se lo diré a mamá.

Los pequeños le obedecieron refunfuñando y salieron del callejón para entrar en la casa, que estaba a una decena de metros. Sabían que su madre se enfadaría si sabía que habían entrado en el callejón. Ella se lo tenía prohibido, porque siempre había algún mendigo borracho que lo utilizaba como residencia.

Erwin logró que sus piernas reaccionasen y comenzó a caminar paso a paso marcha atrás. No quería darle la espalda al gato que, de repente, erizó todo su pelaje y comenzó a bufarle amenazante. Al ver eso Erwin echó a correr y no paró hasta entrar en casa.

Esa noche, antes de acostarse, Erwin se asomó por la ventana del dormitorio. Allí, tumbado en el callejón, un viejo destartalado y con ropas roídas daba cuenta de una botella de whisky barato probablemente. Sentado sobre un cubo de basura, el gato le vigilaba. Erwin cerró la ventana rápidamente y bajó la persiana al notar como el gato giraba su cabeza para mirar hacia él.

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El jueves amaneció nublado, preludio de lo que por la tarde iba a ocurrir. Cuando el autobús escolar se paró en la esquina, la lluvía comenzaba a hacerse más intensa. Erwin y los pequeños cruzaron la calle y corrieron hasta su casa. Esta vez no se detuvieron en el callejón, al que los relámpagos daban un aspecto más tétrico del que tenía normalmente. Pero no hizo falta que entraran porque el gato salió a su encuentro.

- ¡Mira Bobby! -dijo el pequeño Tom a su hermano-. Hola gatito.
- ¡No os paréis! ¡Entrad en casa! -les gritó Erwin asustado.

Los dos renacuajos no tuvieron más remedio que hacerle caso, puesto que los había cogido por las capuchas de sus abrigos y tiraba de ellos. Al entrar en la casa, antes de cerrar, Erwin se asomó al porche y vio como el gato estaba sentado en la acera, frente a su casa. Avanzó unos pasos y cogió una piedra que había en una de las macetas de su madre. Con un movimiento rápido armó el brazo y lanzó la piedra que hizo blanco en el buzón. A pesar de la falta de puntería, el felino captó el mensaje y tras un bufido, se escabulló entre los arbustos.
Esa noche no pudo ver al viejo borracho en el callejón, pero volvió a ver al gato montando guardia en el callejón, mirando hacia su ventana.

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