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martes, diciembre 21, 2004

 

Felis catus (2/2)

La algarabía en el autobús escolar era mayor hoy. Solía ocurrir todos los viernes, era el último día de clase de la semana y había que celebrarlo.
Al bajarse de él y cruzar la calle los tres hermanos se encontraron con un curioso recibimiento. Los rotativos luminosos de un par de coches patrulla y una ambulancia iluminaban el frío callejón. No era de extrañar la presencia policial en el barrio. Los tiroteos entre bandas rivales y los asaltos a casas en donde se traficaba con droga eran habituales. Pasaron de largo, pero por el rabillo del ojo Erwin pudo ver como introducían en la ambulancia la camilla en la que había un cuerpo cubierto de pies a cabeza por una sábana.

Al llegar a casa pudo escuchó a sus padres comentar lo ocurrido.

- Era un mendigo -decía su madre mientras ponía una sartén en el fuego-. Tenía el cuerpo lleno de cortes y arañazos que se debió de hacer con la botella rota que empuñaba.
- Sería un delirium tremens provocado por el alcohol -respondió su padre-. Creería ver bichos que le atacaban, ratas o arañas, y trataría de defenderse con la botella rota. Pobre viejo.
- Sí, pero hay algo raro... No tenía ojos.

Erwin subió corriendo las escaleras y llegó hasta su habitación. Se asomó a la ventana. La ambulancia ya se había marchado y los policías echaban un último vistazo al callejón. Y subido en un muro, contemplando la escena, estaba el gato.
Tardó mucho en quedarse dormido.

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Los gritos en el salón le despertaron. Sus hermanos pequeños estaban peleándose por algo. Como era sábado y podía dormir un poco más decidió enrollarse la almohada en la cabeza y echar otra cabezadita. Y eso hizo.
Una hora después los gritos de sus hermanos, esta vez en su cuarto, le despertaron.

- ¡Erwin! ¡Despierta! Tenemos algo que enseñarte -gritaban alborotados. Una presión sobre el pecho y los saltos que sobre su cama daba Tom terminaron de despertarlo.
- Dejadme dormir en paz.
- Levántate, tenemos que ir al veterinario. Mamá ha dicho que si queremos quedarnos con Grizzly hay que vacunarlo -respondió Bobby.

Al oir esas palabras un escalofrío recorrió el cuerpo de Erwin. Comenzó a temblar perceptiblemente. Con dificultad logró que sus manos apartaran la almohada de su cara y elevó ligeramente la cabeza. Al abrir los ojos se encontró con los de esa bestia que, tumbada en su pecho, le escrutaba fijamente... mientras se relamía.


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