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miércoles, febrero 16, 2005

 

Home sweet home

Yo, que caminé entre el fango y la podredumbre, entre despojos humanos y ratas, que fui el brazo derecho de la Muerte.
Yo, que atravesé mil infiernos que marcaron mi cuerpo y mi alma a base de metralla y gritos que me despertaban en mitad de la noche, en las que bebí napalm y arranqué sanguijuelas de mi piel.
Yo, sobreviví donde otros cayeron.

Ni la lluvia incesante podía lavar la sangre que empañaba la mirada vacía que tenía desde hace meses. No había horror que lograra conmoverme. Era un zombi que solo pensaba en matar antes de que le matasen.
Recuerdo que la primera vez que tuve que matar acabé vomitando, y mis bilis se mezclaron con la sangre de aquel soldado vietnamita que yacía inerte con la cabeza colgando, degollado por mi cuchillo. Al poco tiempo no sentía nada al matar. Era capaz de descerrajar un tiro en la sien de un anciano con la misma facilidad que se aplasta una araña. Tampoco sentía gran cosa al tener que quitar de mi uniforme las tripas de un compañero que había saltado por los aires tras pisar una mina. Lo único que me mantenía cuerdo era la idea de regresar al campamento con vida y contar los días que restaban para licenciarme. Lo único entre tanta bazofia, entre tanta muerte, entre tanta sangre, lo único eras tú.
Era por ti por quien me mantenía alerta, por ti era por quien escudriñaba la maleza para, entre los mil tonos de verde, encontrar ese AK 47 que me apuntaba y poder vaciarle medio cargador en el pecho a su dueño. Por ti mataba, por ti me mantenía con vida, tú hacías que tuviera fuerzas para seguir despertándome en el infierno cada día.
Tú eras la única razón por la que luchaba. Volver a estar a tu lado, sentir tu calor y pensar que todo aquello no era más que una jodida pesadilla.

Y ahora que regreso, en lugar de hacerme despertar de mi mal sueño, me matas. Has hecho lo que ningún charlie con sus balas y sus bombas logró. Ya no me queda nada por lo que vivir.
Al menos has conseguido que vuelva a emocionarme, cariño. Hacía un año y cuatro meses que no lloraba.


En ese momento, el sargento sacó su automática de la cartuchera, la amartilló y disparó cuatro veces sobre el cuerpo de aquel hombre que estaba desnudo bajo las sábanas de su cama. Acto seguido, acalló los gritos de su mujer con otros cuatro disparos.
Finalmente colocó el cañón caliente del arma en su sien, y mientras una lágrima resbalaba por su rostro, disparó la última bala.

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