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jueves, julio 06, 2006

 

Re-cuerda

Dicen que recordar es volver a vivir. Lo que no dicen es que mientras tanto te pierdes el presente y le das la espalda al futuro.

Pero es que esto de los recuerdos es muy traicionero. Hay veces que no es tan fácil olvidar por más que lo intentes. Algo parecido a no mirar hacia abajo cuando estás cruzando un puente y tienes vértigo; es inevitable. Y encima, maestros inquisidores de nosotros mismos, sabiendo lo frágil de nuestra memoria, asociamos esos recuerdos a objetos, lugares, canciones o vaya usted a saber qué, para que al verlos o escucharlos de nuevo ese pasado nos vuelva a torturar.

En otras ocasiones tratas de recordar todos y cada uno de los detalles de algo, pero inevitablemente el paso del tiempo hace que todo pierda nitidez, se desvanecen los detalles y poco a poco solo quedan ruínas de aquello que fue un castillo.

Ella sabía muy bien todo esto. Llevaba días meditándolo mientras él tocaba la guitarra en el garaje. Siempre que volvía del trabajo bajaba allí y tocaba. Cada día tocaba más tiempo lo que implicaba menos atención para ella. Antes no era así. Recordaba perfectamente como antes pasaban las horas juntos, charlando, riendo o tumbados en la buhardilla de su casa aprendiendo los nombres de las estrellas que él la enseñaba. Esos recuerdos la rondaban constantemente la cabeza. Se preguntaba el motivo de ese cambio. Que habría pasado para que solo dos años después, su mundo ideal se estuviera viniendo abajo.

Intentó disuadirle diciendo que quizá el ruido de la guitarra eléctrica molestase a algún vecino. Lo cierto es que algún aullido que otro del perro de los Kerrington sí que se escuchaba, pero nadie se quejó. Su solución fue comprarse unos auriculares de 200 libras que conectaba al amplificador y así nadie más que él podía escuchar el sonido. Desde entonces ni siquiera parecía que estuviera en casa.

Un par de semanas atrás él estuvo a punto de largarse. Que algo había cambiado y necesitaba tiempo para pensar, dijo. Ella consiguió retenerle suplicándole entre sollozos que no se marchara. Era una luchadora. No iba a consentir que todo se esfumara. Lograría que todo fuera como antes.

Hoy, como siempre, después de llegar de trabajar, se dio una ducha y bajo a tocar hasta que la cena estuviese lista. Ella, que estaba pelando y cortando unas patatas para el puré con el que acompañaría la carne estofada de la cena, vio como bajaba las escaleras. Terminó de poner las patatas a hervir, limpió el cuchillo y se encaminó hacia las escaleras que conducían al garaje.

Las bajó lentamente, como un niño que teme perder el equilibrio. Cuando solo la separaban cinco peldaños del suelo del garaje pudo verle, sentado en el viejo sofá, con los auriculares puestos y ausente de todo lo que no fuera el sonido de las cuerdas al ser golpeadas por la púa.

Se aproximó con parsimonia hacia él, recordando cómo se acercaba el día de su boda al altar de la capilla victoriana donde se casaron mientras sonaba el órgano. Un paso, juntar los pies. Otro paso, juntar los pies. Aferró el cuchillo con tanta fuerza que su mano se quedó pálida. Paso a paso llegó hasta el sofá y con un movimiento rápido cercenó el cuello de su esposo de lado a lado. Él cayó al suelo y entre convulsiones y ruídos agónicos se desangró en pocos minutos. Ella se quedó mirándole, viendo su lindo pelo rubio manchado de sangre, viendo sus enormes ojos azules, ahora casi vueltos y viendo la sonrisa encantadora, convertida en mueca ya, que la enamoró en el parque.

Subió las escaleras con el cuchillo aun goteando sangre para ir a la cocina. Dejó el cuchillo en el fregadero, se lavó las manos y con un tenedor comprobó que a las patatas todavía les quedaba bastante para terminar de cocerse. Bajó de nuevo al garaje y llegó hasta el cadáver. Tirando de los brazos lo arrastró como pudo hasta las escaleras pero subirlo le resultaría imposible. Apoyada contra la pared mientras recuperaba el aliento recordó el banquete nupcial, los besos, los abrazos y el viaje de novios. Qué recuerdos, en los Alpes haciendo snowboard. Snowboard, se repitió. De un respingo se incorporó y fue directa al armario que había en el hueco de la escalera. Abrió la puerta, rebuscó y no tardó en encontrar las fundas donde guardaban sus dos tablas de snow. Las sacó, puso el cadáver encima y lo ató con unas cuerdas que también sacó del armario. Así pudo subirle hasta la primera planta y más tarde, a la buhardilla. Una vez allí abrió el ventanal y se tumbó en el suelo a la izquierda del cadaver para contemplar las estrellas. Cuando intentaba coger su mano notó que tenía cerrado el puño. No sin esfuerzo consiguió abrírselo y encontró la púa con la que tocaba la guitarra, aunque partida en dos, quizá por alguno de los espasmos que sufría mientras moría. Ella la limpió y la guardó en un bolsillo. Será otro hermoso recuerdo, se dijo mientras aferraba la mano de su marido muerto y miraba las estrellas a través del ventanal. Como antes. Justo como ella recordaba.








And take this train
because it's never coming back
forget the past... and I don't know when it will come again
laid on the floor, just with my mind and nothing else
forget the past”


black shining light, Holywater


Comments:
wow, esto... eeer... hum.

()

Hala, Berk, ¡ya no tienes excusa! ¡sangre fresca (muy amarga, pero fresca)!

Besinos a los dos.
 
Plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas
Plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas
Plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas plas
 
Muy buen relato... Estupenda descripción... Es como si hubiera visto un corto.

Un beso,

Niu
 
Muchas gracias a los tres. Cuando veo vuestros comentarios me dan ganas de escribir más, pero luego se me pasan rápidamente :P
Saludos.
 
Muy bonito.
Y es que a veces, recordar es volver a morir.
 
Gracias tina :)
Y así nos pasamos la vida... muriéndonos.
Besos.
 
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